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Atelier de las imágenes /Poéticas del imaginario Gaston Bachelard




Me atrevería a sostener que la imaginación creadora es la más elevada función de la psique. La conciencia, el inconsciente, los estados d ensoñación, son ante todo imágenes proyectándose en la oquedad de la mente. Hagamos lo que hagamos, pensemos en lo que pensemos siempre habrá imágenes revoloteando en nuestra mente. Es una tendencia natural de la psique dar una forma o una sensación a cada hecho mental. La imaginación realza -o puede entorpecer- con sus deslumbramientos las sendas de una inteligencia. Entonces el pensamiento sueña, la razón y el sentido común ceden ante la fascinación de la insignificancia de una imagen sencilla. Para que la razón recobre su poder constitutivo, su dominio, deberá censurar toda elucubración que provenga de las imágenes y vigilar toda idea seducida por la experiencia mediadora de una imagen.

Pero no vamos a detenernos aquí tan solo en hablar de imágenes, sino de imaginación: movimiento, metamorfosis, ausencia, dinamismo de imágenes. Vamos a estudiar aquella imaginación que profundiza en los orígenes del ser. Vamos a adentrarnos en los misterios de la imagen cuando emprendemos un decurso de ahondamiento o de excavación. Siempre po la pendiente que se adentra en lo remoto, en lo primero, hacia lo que es pleno en su inocencia. Es por la imaginación que la psique accede al remoto instante de una inocencia primigenia, una ingenuidad recobrada, donde las imágenes surgen del manantial arquetípico de la lengua. La imagen poderosa, resonante, es siempre infantil, mítica. Justo en esa zona profunda donde lo familiar y lo vivido se entrevera con lo inmemorial.

La historia de occidente durante siglos ha desterrado la imaginación acusándola de ser tributaria del error y de la especulación fantasiosa. Si no hubiera dado el arte o la poesía testimonio de las creaciones de la imaginación hubiera sido cercada a la locura. De este modo, es curioso observar como la palabra imaginación desaparece comúnmente de los discursos del arte y de la pedagogía en general. La imaginación es la gran dama desdeñada. Pero, ¿sabemos qué es la imaginación? ¿Sabemos cómo suscitarla y orientarla hacia una creación genuina? ¿Qué herramientas aplicamos para estimularla? ¿Qué diferencias existen según tome un cauce de expresión u otro?

Nuestra propuesta con este centro de recursos del imaginario es ofrecer poco a poco una perspectiva amplia sobre todo lo que se haya podido decir de la imaginación. Lo haremos desde tres niveles y en orden de profundidad y acceso a la imagen poética: desde la psicología, el psicoanálisis, y por último, la fenomenología. En un primer momento nos vamos a dirigir a la obra de uno de los filósofos que mejor ha comprendido y estudiado el acto imaginario: Gaston Bachelard. Su obra es para nosotros un gran pilar en todo estudio que verse sobre el imaginario, y es por esta razón, que este centro va a emprender una exégesis en profundidad de su obra. El estudio y comprensión de sus matices nos parece capital. Retomamos aquí nuestro proyecto académico de tesis doctoral cuya metodología basada en la obra de Gaston Bachelard nos servía de guía por las imágenes poéticas de la obra de William Shakespeare.

Al hablar de la imaginación nuestros objetos predilectos podrán ser variopintos: en unas ocasiones nos detendremos en una melodía que suscita ecos del pasado, en otras, en un objeto que murmulla, miraremos tan de cerca una pintura que nos adentraremos en su interior, leeremos pausadamente una página literaria, nos encapricharemos con la silueta de una sombra, viajaremos por los meandros silábicos de un nombre, daremos testimonio de como toda cosa o ser, posee un doble en el campo de los sueños.

Una fenomenología de la imaginación tal como fue planteada en la obra de Gaston Bachelard implica en nosotros vivir intensamente las imágenes, abandonarnos a ellas con una total adhesión. Ampliando y diversificando nuestras imágenes predilectas, nuestras imágenes ensoñadas, podremos trazar poco a poco el mapa general de una cosmología de valores: una verdadera cosmografía de la ensoñación.

Pero un término como fenomenología de la imaginación puede llevarnos a cierta confusión. ¿Se puede hacer filosofía de la imaginación cuando en sí misma rehúye de la tiranía de un discurso, del pensamiento bien encadenado? ¿Se puede hacer pensamiento con algo tan delicado y evanescente como la imaginación. Defendemos que sí pero no será desde la praxis de un discurso sino elaborando un gran tapiz de suscitaciones, de sugerencias, de evocaciones. La fenomenología del imaginario se hace preguntas desacostumbradas a una filosofía tradicional: ¿Que ocurre en una conciencia cuando observa una enigmática puerta entreabierta en la oscuridad?, ¿cómo un estrecho hilo de luz de un pórtico anima en nuestra mente imágenes que no vemos pero que se presienten que están más allá cruzando este umbral? ¿Qué hace que veamos recordando a los pintores, en una penosa mancha en la pared, paisajes, animales fantásticos, batallas? ¿Que diferencia fenomenológica hay entre el tic-toc de una puerta y el sonido de un timbre en la imaginación de un dramaturgo? ¿Por qué un silencio puede ser más sugerente que un gran discurso? ¿Que hace que un objeto se electrifique con el aura de un mundo imaginado y se pueda contener un continente en una postal amarillenta? ¿Qué hace que una misma palabra declamada repercuta en la conciencia como el filo de una daga o una caricia? ¿Cómo los niños pueden representarse un viaje en un barco en su ruta por un océano con una simple y vieja silla? ¿Qué hace que los actores crean estar en el lugar de otro? ¿Qué hace que un escultor imagine las formas a través del vacío de los objetos? ¿Qué hace en la pasión amorosa, pasión dominada por la imaginación por excelencia, que alguien se enamore de otra persona que a los ojos de otra se fea y hasta horrible? ¿Por qué cuando besamos cerramos los ojos? ¿Hacia donde tienden esas valorizaciones que definen una ontología del ser por la imaginación. ¿Como la imaginación es una de las facultades preeminentes de lo humano hasta tal punto de no poder hablar de una inteligencia que no sea ella misma imaginación?

Tantas preguntas pueden salir a nuestro paso para remarcar la importancia de la imaginación en todos nuestros actos más cotidianos hasta tal punto que podemos decir que una persona sin imaginación se evidencia como una persona pobre para vivir fecundamente la realidad. La imaginación es conciencia de imaginar y como conciencia que se representa el mundo en el que vive y lo recrea completándolo siempre estará mucho más lejos, siempre hará de su objeto algo más engrandecido, hará de lo percibido algo más hermoso o más terrible.

El objetivo final será trazar los caminos de una estética comparada que enlace el placer de la lectura con la armonización de una poética de los sentidos.

El espacio de praxis que conjuntamente y más adelante genere este espacio de reflexión será, siempre lo hemos defendido, de índole teatral pues es en el teatro donde encontraremos esa sinergia de los vocablos que se pronuncian, los colores que irradian, las materias que se amasan, los espacios que se ensombrecen.

Nos es oportuno asegurar que este espacio de realzamiento de las imágenes sea teatral en dos orientaciones muy definidas: una, como poética de la sustracción y el ocultamiento -imaginar es "no mostrar, es sugerir, evocar, esconder, ocultar, vaciar, desprender, reducir"; y por otro, como poética de la exuberancia -imaginar es agrandar, exagerar, expandir, habitar todas las posibilidades de un sensualismo creciente.

Hemos denominado a nuestro centro "el establo y las estrellas" como si fuera una ocurrencia shakespeariana, un espacio donde lo más humilde se enlaza con lo más elevado. Dos personajes de La Tempestad, Calibán y Ariel, serán los dos rostros ambivalentes de la imaginación, los dos son prisioneros de la alquimia.


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Palabras clave


Palabras clave: imaginario, imaginación creadora, Gaston Bachelard, poética de los sentidos, psicología de la creatividad, teatro sensorial, heurística de la literatura, fenomenología del imaginario, fenomenología de la imaginación, gramáticas del arte, gramática de la fantasía, dramaturgia del imaginario, pedagogía de la imaginación, inteligencia divergente, estética comparada.


Mots clef: imaginaire, imagination créative, Gaston Bachelard, poétique des sens, psychologie de la créativité, théâtre sensoriel, heurística de la littérature, phénoménologie de de ce qui est imaginaire, phénoménologie de l'imagination, grammaires de l'art, grammaire de la fantaisie, dramaturgia de de ce qui est imaginaire, pédagogie de l'imagination.


Key words: imaginary, creative imagination, Gaston Bachelard, poetic of the senses, psychology of the creativity, sensorial, heuristic theater of Literature, phenomenology of the imaginary one, phenomenology of the imagination, grammars of the art, grammar of the fantasy, dramatic art of the imaginary one, pedagogy of the imagination, divergent intelligent.



Paraules clau: imaginari, imaginació creadora, Gaston Bachelard, poètica dels sentits, psicologia de la creativitat, teatre sensorial, heurística de la literatura, fenomenología de l'imaginari, fenomenología de la imaginació, gramàtiques de l'art, gramàtica de la fantasia, dramatúrgia de l'imaginari, pedagogia de la imaginació.





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Autores: Gaston Bachelard, Albert Beguin, Jean Burgos, Italo Calvino, Joseph Campbell, Henry Corbin, Robert Desoille, Gilbert Durand, Mircea Eliade, James Hillman, Jacques Launay, Carl Gustav Jung, Eugéne Minkovski, Sallie Nicols, Vladimir Propp, Giani Rodari, Marius Schneider, Etiene Sorieau, L. S. Vigotski, Mary Warnock, Jean Jacques Wunenburger.






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jueves, 21 de julio de 2011

Imaginación y bicicleta, borrador a reescribir...


Imaginación y bicicleta

“Para mi amiga Iris, guardiana de bicicletas”

“El alma encuentra en un objeto el nido de su inmensidad” (Gaston BACHELARD, PE: 228)

La imagen que he escogido como cabecera de este escrito es una fotografía que data de los años cuarenta. El lugar es un pueblecito francés durante la ocupación alemana. La muchacha que aparece en primer termino se ha apeado un instante con su bicicleta para ser retratada debidamente y posa con coquetería y candidez. Hubo un tiempo en que ser retratado por un fotógrafo era un hecho excepcional. En las viejas fotografías siempre hay una celebración manifiesta u oculta. Si vas a ser retratado hay que ir peinado y vestido para la ocasión. Debe de ser la hora de una mañana estival por como caen oblicuamente los rayos de luz y la sensación vespertina y alegre que siento al observar esta antigua fotografía. El pavimento está mojado y desprende el aroma de las calles que son regadas por los tenderos las mañanas de verano. Los elementos de su curioso aspecto son harto extraños: sus recogidos cabellos de bucles dorados como retocados delante de un tocador, el fino talle de su blusa blanca bien plisada y abotonada hasta el cuello y en sus finas muñecas, contrasta en como se ciñe a su cintura con un cordel unos muy amplios pantalones de clochard o feriante de circo de esos que no tienen patronaje ni costurera y que parece estar hechos de tela gruesa. Ella aferra con su mano izquierda el manillar de su bicicleta de chico, mientras la derecha permanece en su bolsillo con actitud presumida, descarada y feliz. Arquea su cuerpo hacia la izquierda sujetándose sobre la punta de su pie izquierdo. Es una bicicleta demasiado alta para su estatura pero esta circunstancia parece no importarle. En esta misma época en Francia una ley gubernamental dictaba la prohibición de hacer acopio de telas debido a la escasez y el racionamiento de las materias primas. Entonces a los jóvenes franceses se les ocurrió la feliz idea de poner de moda una extravagante tendencia en la vestimenta: llevar con irónico desenfado ropas exageradamente amplias pensando seguramente en como vaciar así de existencias los almacenes de telares. Es la rebelión silenciosa de las prendas anchas. Reacción juvenil cuya estrategia contestataria puede resultarnos hoy inerme e ingenua, pero por lo visto, podía ser tomado como un gesto subversivo por las autoridades de aquella época en la Francia del régimen de Vichy. Con toda legitimidad es mejor que las telas, tan escasas y apreciadas en aquel tiempo de carestía, sirvan a la causa de una irreverente pataleta juvenil que acabar siendo el penoso y mugriento uniforme de un soldado muerto en el corredor de una trinchera. Así que esta vieja fotografía no retrata una muchacha presumida sino la celebración matutina de una revuelta.

Esta imagen quiero que sea el preámbulo sobre una reflexión sobre las bicicletas y la imaginación.

Cuando un n objeto humilde y familiar emana de la vivencia infantil el aura dorada de la remembranza, si en él quedan inscritos las afinidades y los afectos de un tiempo de felicidad, cuando encarna el poder de los valores inconscientes, este mismo objeto deja de ser una realidad precisa y tangible en el espacio de nuestra percepción para transfigurarse en un fenómeno de la imaginación activa. Entonces sentimos que el objeto nos anima a adentrar en una unidad de atmósfera. Nuestro ser se funde con ese ser que es ahora el objeto y conformamos una misma unidad de ser. No podemos despegarnos del objeto si en proximidad a él se acrecienta una ensoñación.

A esta relación que se establece entre una imaginación y el más simple de los objetos –imantado de poderes como un talismán- G. Bachelard lo denominó objeto onírico. Giani Rodari dedica atención a este fenómeno en sus libros al reflexionar sobre las palabras y las cosas en el juego infantil[1]. Esta relación restaurada por una proyección íntima entre sujeto y objeto he podido estudiarla también en las dinámicas creadoras de la experiencia teatral. En el teatro una simple silla puede ser el postín de un carruaje de caballos, una escalera de madera despliega arquitecturas insospechadas, el balanceo de una soga que pende en el escenario es un barco en la tormenta, un biombo es la entrada mágica a un mundo de transformaciones y máscaras. Los actores necesitan de los objetos pues son sus transistores de la emotividad. La escena teatral se compone de líneas invisibles de acción y objetos que son como nódulos psicofísicos y simbólicos, instrumentos nemotéctincos por donde fluye la línea sinuosa de la emoción. En la escena teatral cuando el objeto es soñado, cuando irradia la atmosfera del sentimiento, el verbo del drama se enreda como volutas en las oquedades del espacio y ya no es necesario construir un decorado o una escenografía. La imaginación siente las cosas y las palabras de una forma tan intensa que todo lo demás se torna prescindible. Evocar, sugerir son verbos determinantes- para quien crea imágenes en sí evanescentes y transitorias

Con el objeto imantado de poderes oníricos accedemos a una dicha de estar vivos y estamos concentrados en un mundo de ilusión. La posesión de este objeto es un acto de libertad interior pues descubrimos una perspectiva inaudita que se acrecienta en las imágenes internas que se abren ante nosotros coloreándose con una constelación de reminiscencias. El objeto más simple es nuestra cosa más preciada y ante él guardamos el silencio de una mirada inquieta y penetrante. La contemplación lustra el objeto más pobre hasta hacerlo brillar como el oro[2]: leed numerosos cuentos donde los objetos más humildes toman propiedades mágicas o preciosas cuando son acariciados o frotados. A veces un toque con las yemas de los dedos y los objetos toman propiedades animistas. Es una ley de la imaginación: un objeto humilde porta la semilla de la flor de loto de la ensoñación. Hay que lustrar, acariciar, ofrecer el aliento a tu objeto preciado y entonces su sombra nos murmura.

Retomando a G. Bachelard los objetos oníricos como las palabras soñadas, toman en sí la faceta dual de la psique en los mismos términos que C. Gustav Jung definió como animus y anima. Nuestros objetos adquieren una u otra potencia psíquica, lo que en nuestra imaginación se desarrolla en dos movimientos o impulsos principales de la imaginación: dinámicas de extroversión y de introversión. En el primero se proyecta en el objeto una dirección, un impulso de la voluntad y de la inteligencia, un dominio del espacio exterior. En el segundo, sentimos que el objeto nos concentra, crea alrededor nuestro un nido, una envoltura protectora, un aura dorada..

Sin duda, la bicicleta es para todas las personas que no han olvidado el cosmos de su infancia uno de los primeros actos de posesión del espacio exterior y el que más intensamente ha quedado sellado en la memoria. Diversos juegos infantiles como son la rayuela o el escondite son también tempanas iniciaciones - de esta toma del espacio del afuera. Con estos juegos el niño toma posesión de la calle, y como sucede en los veranos, el tiempo nocturno de la primera madrugada. Para los niños es mágico poder jugar en el tiempo vedado de la noche estival. La noche para el niño que juega, después para el adulto taciturno que escribe, es un tiempo que se siente como interminable y alienta a ensoñar mejor. El niño no quiere recogerse en casa, quiere seguir jugando y explorando lo limítrofe. No parece que tras un día de correrías el niño esté saciado de jugar, no quiere acostarse. Hay que llamarle insistentemente en el rellano de la puerta -¿Dónde estará el condenado? La noche extiende a la imaginación su manto de misterio. El espacio es aún a los ojos del niño una geografía de la invención.

La bicicleta para la conciencia infantil es una verdadera revolución psíquica y sensorial. El encanto de la bicicleta es que no es propiamente un juguete[3] sino una acción –una disposición del ser- que desencadena una liberación psíquica imborrable. Es un dinamismo tan expansivo y ágil que tiene que, a todas luces, traducirse en una lucidez del espíritu, en un dinamismo del lenguaje. Esta es mi tesis. La bicicleta nos lleva a recordar la excitación del desequilibrio, una felicidad de movimiento inusitada, la sensación de vivir una libertad que hasta hace bien poco estaba constreñida al patio, el aula de un colegio, el interior de la casa familiar. Pocos objetos nos han hecho ser tan conscientes de nuestra libertad de destino o de fuga. Cuando de adultos montamos una bicicleta muestro rostro no puede evitar esbozar una sonrisa, reencontramos una felicidad que habíamos vivido antes, muestras aspiraciones de una libertad personal se renuevan pues recordamos un tiempo de despreocupación y travesura. La bicicleta es un símbolo de independencia tan claro que cuando en la vida adulta sentimos la opresión de un trabajo o de una responsabilidad ardua que nos estresa la bicicleta aún nos ayuda a liberar nuestra psique por unos momentos. La bicicleta ataja con su marcha los caminos angostos de la neurosis por otros donde no sentimos el peso del pasado. Volvemos a ser un poco niños. La bicicleta es un símbolo del povenir.

Cuando la bicicleta es rememorada en el escenario de nuestras estancias en el campo, es para nosotros la conquista de la imaginación sobre el horizonte. Nos transporta a las ensoñaciones del paisaje. Nos acerca y nos aleja en el espacio con la ligereza del viento. La bicicleta es libertaria, rebelde, es el dadaísmo del sendero[4], es la insensatez en la linde de un camino. Allí donde nuestros padres nos prohibían cruzar en la infancia, allí donde sólo íbamos cogidos de la mano, a ese lugar hemos ido por curiosidad con nuestra primera bicicleta. Con ella rompemos el círculo de protección familiar y asumimos un espíritu de aventura. El niño se dice “algún día podré ser un viajero[5]” ¿Qué es lo que hay más allá?. De adultos ningún viaje que emprendamos puede contener la excitación de nuestra marcha transgresora en bicicleta. La casa familiar con sus pasillos en penumbra, los cajones donde se esconden los secretos mudos de la memoria, los armarios antes poblados de fantasmas, los desvanes con sus antiguallas, forman parte de la ensoñación del alma materna, del recogimiento protector. La casa es la cuna del ser, fuera de ella se nos exige el gesto valiente, el dinamismo de la curiosidad. Con la bicicleta vamos a ensanchar nuestra ensoñación en un afuera, vamos a proyectar una interioridad en una lejanía, vamos a plasmar las primeras vicisitudes de la voluntad, endeble y frágil aún, en su lucha contra los elementos. La bicicleta anima la fortaleza de un animus que ensueña con las resistencias del viento.

Una cosmología de los elementos agua, tierra, fuego, aire, que orientan los cuatro temperamentos de la imaginación poética, tienen su traducción en el universo de los juegos infantiles en cuatro especies de incursiones en el espacio. De este modo podríamos realizar una topología de la vivencia infantil y los instrumentos lúdicos que pertañen a cada elemento imaginado: como, por ejemplo, construir una barquilla, jugar con el barro o excavar una gruta, tener una caja de cerillas, hacer volar una cometa. El juego infantil es una forma de moldear el elemento imaginado por un animus que empieza a desperezarse. El animus del hombre adulto se ha desarrollado a partir de una afinidad electiva, una empatía, por un elemento moldeado por una inteligencia e imaginación vivaz. Esta afinidad infantil germinará en su correspondiente faceta de la inteligencia creadora en un destino profesional vocacional. Una pedagogía de la imaginación tendría que ser una escuela de cosmología de los elementos donde cada infancia descubriese el elemento propio a su interioridad, el elemento donde se recrean mejor sus imágenes internas..

Si tomase una psicología de la infancia destacaría lo importante que es para el niño la bicicleta como objeto donde la propia personalidad proyecta un proceso de individuación que no cesará en el fututo. A veces es el padre quien sujeta el sillín antes de soltarnos cuando estamos aprendiendo a marchar en la bicicleta. La sombra del progenitor queda atrás. El niño necesita imaginarse no como los adultos quiere que sea, sino como aspiración a ser. El animus del niño se forja en un dinamismo creciente del ser por lo que toda cosa o fenómeno que conlleve un dinamismo ejerce a sus ojos una gran fascinación. Si el niño carece de una bicicleta inventará su propio carruaje mágico[6], proyectara en cualquier objeto una dinámica feroz e impulsiva que grave una hendidura en el espacio y en el silencio –arrojar un objeto, gritar. El animus es en su expresión más simple una lanza en el espacio. El desarrollo cognitivo durante la infancia es una especie de violencia y de expansión: más rápido, más lejos, más alto, más profundo. Esta atracción por el dinamismo y lo impulsivo están en muchos objetos que el niño construye como una cerbatana, una ballesta, una honda, un tirachinas. El niño que juega parece retrotraernos a algo muy arcaico como es el hombre primitivo que caza. Los paralelismos entre arquetípicos y vivencia infantil son constantes. Si estos juegos agresivos son fabricados por el abuelo tomaran a la mirada infantil resonancias ancestrales que serán imperecederas en la memoria.

Un psicoanálisis de la bicicleta animaría en mi opinión un estudio psicológico sobre esos objetos iniciáticos que nos hacen acceder desde el mundo sobreprotegido de la tierna infancia al periodo ciertamente más turbulento de la adolescencia. Diré que la bicicleta está conectada aún con el inconsciente. Se vive este objeto en la virtud de que enlaza ambos planos del ser. La bicicleta circula por línea tenue que separa lo inconsciente de lo consciente, la infancia y la adolescencia, el espacio del hogar y la calle o el campo, la vida solitaria y la vida social con otros niños. La bicicleta es de signo animus, una voluntad y una inteligencia que ensueña. En un primer momento histórico la invención de la bicicleta nos muestra aún torpes diseños: la rueda delantera porta en su eje la fuerza motriz del pedal como un triciclo, ésta es de un tamaño muy superior a la rueda trasera, el manillar se encastra en una posición poco idónea, el centro de gravedad hace de las primeras bicicletas un medio de locomoción bastante inestable por no decir peligroso. El logos quiere dominar la dualidad onírica de la bicicleta y esto hace que su dinamismo sea demasiado pensado, como para adquirir un movimiento ágil y continuo: un movimiento que sea más rápido que el pensamiento. No es solo en un plano metafórico que el pensamiento quiere gobernar sobre esta primera invención, es que todavía es un objeto mal soñado, es como un centauro mal proporcionado que no se acopla bien a nuestro cuerpo. Solo cuando la bicicleta expresa en un diseño el equilibrio entre estos dos planos, lo inconsciente y lo consciente, se hallará un diseño que plasme una idónea psicomotricidad y cenestésica. Si hiciésemos una ontología de la bicicleta seguramente nos remontaríamos al arquetipo de la doma del caballo mítico. El niño primitivo no monta una bicicleta se aupa o es aupado sobre un caballo. Es por esta razón que el caballo balancín o con ruedas de los niños que no hace mucho gateaban por el suelo antecede a la bicicleta como juego infantil. Todo juego infantil, todo objeto de juego, no lo olvidemos, tiene su origen en rituales de iniciación primitivos. Recuerdo abandonar mi bicicleta en plena marcha y observar como avanzaba solitaria como si mi sombra todavía estuviera sentada en el sillín. Mi consciencia está aquí y mi inconsciente todavía marcha una distancia más allá.

De la bicicleta proceden impresiones provenientes de la imaginación aérea. Es la vida ágil y liviana. Vivimos en la marcha presurosa la dialéctica del soplo suave de la pendiente que se baja sin apenas pedalear a la resistencia de ascender una pendiente angosta. No es casual que bicis antiguas lleven flecos alados en el guardacadenas o en los guardabarros. Con la bicicleta sentimos el placer de la levedad y combatimos le resistencia del viento. Tenemos la sensación de volar. No es descabellado hacer coincidir la invención de la bicicleta a la par de los primeros inventos aeronáuticos: la sensación de volar es anterior a la invención. Un sueño de vuelo a veces se inicia con un brinco de talón. La imaginación de dominar la axialidad está plasmada en ensueños y leyendas. Muchos sueños que tienen como motivo el vuelo se asemejan por sus sensaciones cenestésicas a la experiencia de marchar en bicicleta. Algunos relatos y cuentos nos muestran artefactos voladores movidos por la fuerza locomotriz de la bicicleta, como las ilustraciones que hizo Banville sobre cielo utópico del París del XIX. Observad las similitudes de los primeros y ligeros aeroplanos de los hermanos Wrigt son como floraciones geométricas de tela y mimbre sobre una bicicleta. Cuando se descubre como fabricar una rueda ultra ligera está toma en la imaginación la composición aerodinámica de las cometas. La cometa y la bicicleta, fusión de ambos artilugios lúdicos, dará lugar al primer aeroplano. Es realmente curioso que ambos juegos, fascinantes para la imaginación infantil, hayan sido los precursores técnicos del vuelo.

Me pregunto si podría reflexionarse sobre una posible filosofía de la bicicleta. Cómo el pedaleo encadenado, el sonido inconfundible del piñón dentado, la marcha ligera con el viento a tus espaldas haya podido plasmarse en ritmos e imágenes literarias. Sería un libro fabuloso que jamás se ha escrito. Libros como éste si que los hay sobre las virtudes de caminar. Hay filósofos que caminan e hilvanan el pensamiento en sus paseos. Meditar con las manos entrelazadas en la espalda mientras se toma un sendero en el bosque nos remonta a los filósofos griegos de la escuela peripatética. Se medita bien con la dicha de moverse. Estar sentado en una estancia junto a una biblioteca tiene algo de pensador acomodado, de pensador mortecino. En una tarde estival en el campo portad un libro en las manos, unas cuartillas de papel blanco y un lapicero bien afilado, dirigíos hacia un cruce de caminos, descansad bajo la sombra de un árbol, entonces la meditación tiene un efecto embriagador y goethiano. El espíritu siempre camina, nunca está inmóvil, aborrece el diván y la disciplina del pupitre. Si existe una poesía y una literatura de la bicicleta debe de ser la de un tiempo feliz., de una época de insensatez, inaugura una vanguardia verbal.

Recuerdo que aprendí a andar en bicicleta más tarde que otros niños. Mi infancia transcurrió acechando la calle tras las cortinas. Los armarios, los cajones, las cajas de zapatos, la pequeña carbonera fue mi espacio de juego. Mi primera bicicleta fue un regalo de mi tío. Un día me llevó al merendero y sobre la mesa de billar se alzaba mi primera bicicleta. Hombre detallista había reparado una bicicleta de segunda mano. En los manguitos colgaban cintas de muchos colores. Sólo una vez me atreví a salir por la calle con ella pues no quería sufrir las burlas de otros niños: era una bici de chica y esos flecos cromáticos me harían pasar por un niño ñoño. Así que la bicicleta estuvo guardada en casa. Desde entonces he sentido una pasión por las bicicletas. Conozco su mecánica. He restaurado bicicletas antiguas, y hasta conocía un viejo taller de cromado para las piezas que estaban desperfectas por el óxido. En mi pequeño piso he tenido guardados varios modelos hasta que me ha sido imposible por espacio conservarlas conmigo.

Uno de los elementos que suelo fijarme en las bicicletas son la pequeña linternilla que se ilumina gracias a la dinamo. Sus diferentes morfologías me fascinan. La linterna, objeto también onírico y simbólico de la infancia que ilumina la lectura nocturna, la poética de los acecho[7]s, se integra perfectamente en la bicicleta. Una biciccleta sin faro parece estar ciega sin su linternilla.. Si es así, hemos desgajado de ella gran parte de su fuerza onírica, es una bicicleta diurna.

Hoy me conformo con solo tener en mi escritorio un piñón y hacerlo girar mientras suena su ruido concatenado ….



[1] Op. Cit RODARI, 141: “La mesa y la silla, que para nosotros son objetos consumados y casi invisibles, de los que nos servimos automáticamente, son para el niño, en gran medida, materiales de una exploración ambigua y pluridimensional, en que se dan la mano conocimiento y fabulación, experiencia y simbolización”.

[2]Op Cit. BACHELARD, PE: 100: ¿Pero cómo dar a los cuidados caseros una actividad creadora? En cuanto se introduce un fulgor de conciencia en el gesto maquinal, en cuanto se hace fenomenología lustrando un mueble viejo, se sienten nacer, bajo la dulce rutina doméstica, impresiones nuevas. La conciencia lo rejuvenece todo. Da a los actos familiares un valor de iniciación. […] Estos objetos así mimados nacen verdaderamente de una luz íntima: ascienden a un nivel de realidad más elevado que los objetos indiferentes, que los objetos definidos por la realidad geométrica. Propagan una nueva realidad de ser. Ocupan no sólo su lugar en un orden, sino que comulgan con ese orden. De n objeto a otro, en el cuarto, los cuidados caseros tejen lazos que unen un pasado muy antiguo con el día nuevo”

[3] Una fenomenología del juguete nos enseñaría que el mejor juguete es justamente lo que a primera vista no lo es. El niño semantiza cualquier objeto con el juego.

[4] Marcel Duchamp en un readymade: la rueda en su orquilla es la insensatez necesaria de la vanguardia sobre el taburete de un pintor.

[5] Como me enseño Iris en su taller algunas bicicletas portan emblemas de San Cristobal, santo que protege a los viajeros.

[6] En el norte los niños pobres que no tenían bicicleta construían una especie de monopatín de tres ruedas. Eran dos tablillas ensambladas sobe dos ejes, las ruedas eran rodamientos usados de los talleres mecánicos. Guatiberas.

[7] Qué importante es para los niños que puedan observar las cosas de forma furtiva. Por qué esta obsesión actual de esclarecerlo todo y no preservar el tiempo de los misterios para que el niño pueda elaborar su propio relato mítico.

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